Son casi las cinco de la tarde y en mi habitación ya huele a tabaco. Y a alcohol, que me traje anoche o hace un rato, de dos o mil barras de bar. No me duele la cabeza, pero la tengo entre algodones; me tiemblan las manos - no mucho, lo suficiente - y se que no debería darle otra calada al cigarro, ni comprobar que en el monedero todavía me queda algo de coca, ni colocar un puñadito en la mesa junto al teclado, ni machararla con la tarjeta de Carrefour, ni alinearla primorosamente, ni metermela - con la sensación de tapón, de verguenza, de placer prohibido, de outsider - sin haberme tomado siquiera un primer café.
Me agacharía a coger la ropa del suelo ( he comprobado que esta mañana me eché en la cama con camiseta pero sin bragas, que están caidas como una marioneta sin hilos encima del bolso, junto a las botas), pero me parece que esta va a ser una tarde de domingo, una tarde de manta raya, fumando, apurando alguna copa, esnifando y viendo pasar las horas en el reloj de mi movil, sin saber que puede pasar, si pudiera pasar algo.
Marta Manta y Raya. Soy yo. Bienvenidos a mi asqueroso mundo.